Una clase

Esta noche calenté las manos en el horno porque quería escribir algo lírico y crudo.  Limpié las cenizas de la cara de la estufa de madera para mejor aproximar el fuego en las tripas.

Anoche viajé a Italia con mi padre.  Se vistió en un pastel traje rayado color apagado del crepúsculo sonámbulo.  “¡Mira hacia arriba!” insistí. “Mira.  Allí se encuentra la maravilla.”  Los ojos de él chispearon y chisporrotearon por un momento.

Empujo una mano aún fría contra la frente, giro el lápiz en la hoja de papel con la otra.  Dedos carámbanos contra la gordura de la palma, el lápiz rastilla el papel pautado.  Pienso en ellos.

Escribe.  Cree que tiene las manos poco femeninas, sin embargo las usa con entusiasmo y con ternura para darle voz fresca a la identidad.

Escribe sobre un amor ajeno.  Bajo el hechizo, redacta cuentos relumbrantes de cariño.

Escribe seriamente y francamente sobre su obsesión con “boy bands.” Llora mientras escribe sobre la tortura, y la batalla contra el cáncer de un muy querido profesor.

Escribe sobre un santuario veraniego.  Buscando consuelo en la imaginación ferviente, advierte de la esterilidad hiriente en su ausencia sombría.

Escribe, en una manera acechadora, sobre imágenes de un terror infernal y sobre la sátira ardiente.  Con acierto explora la naturaleza humana imprecisa.

Escribe sobre caerse y tomar decisiones molestas, del vuelo y del capricho.  Se encuentra enredada en la aventura del proceso.

Escribe sobre las amistades que cambian, se transforman, se van, y que se intensifican.  Evoca respuestas empáticas en lectores compasivas.

Escribe sobre la fe intensa y revela más sobre el perdón y la canción luminosa.

Escribe sobre el baile complicado entre la luna exaltada y el sol helado y en su ensayo sobre la locura crea la poesía sin trabas.

Al unísono dicen sus experiencias inconmensurables.  Su realidad.

Una pausa.  Una anécdota.  Una niñita observa, “’algerba’ es fácil.  ¡Qué guay! ¿No?”  Palabras pegajosas se atrapan contra el paladar.  El recuerdo del sueño de anoche le persigue aún.  Un padre se da la vuelta, se encorva sobre su nuevo andador ortopédico y, arrastrando los pies, vacilantemente,

se va.

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